Este blog nace para contar la historia de los pueblos de la comarca de Torrijos a través de imágenes y microrelatos.

jueves, 23 de enero de 2014

PUEBLA DE MONTALBÁN. HISTORIA ORAL. JUSTINO DE LA CONCEPCIÓN.

Justino de la Concepción con su uniforme de las Juventudes Socialistas.



Testimonio de Justino de la Concepción García.(1918 – 2008)


   
    El día 18 de julio de 1936 estábamos disfrutando de  las fiestas patronales en La Puebla de Montalbán y nos dijeron que Franco se había sublevado.  Para evitar alborotos, el baile fue suspendido. Todos los vecinos de izquierdas nos marchamos a la Casa del Pueblo para ver como afrontábamos estos imprevisibles hechos.  
   La nueva situación me preocupaba porque pertenecía a las Juventudes Socialistas: todos gastamos camisa azul, corbata roja y correaje. Cuando el día 24 de septiembre de 1936 entraron las tropas sublevadas en La Puebla, mi  madre quemó en una cueva todo mi uniforme de joven socialista(jusista).
    Pero volviendo al 21 de julio de 1936, este día viajé a Toledo para alistarme como miliciano, pero no pude  conseguir armas en la capital. El propio Orencio Labrador, diputado socialista, nos recibió en Los Maristas: “Existen muchas peticiones para entregar fusiles”, nos afirmó con resignación y tuve que volver a La Puebla.
      El día 7 de agosto viajé definitivamente a Madrid para defender la República en el frente de batalla, incorporándome al Cuartel de la Montaña y no regresé a mi pueblo hasta que terminó la contienda.
      
    Cuando perdimos la guerra, ya en 1939, intenté salir de España a través del puerto de Alicante, pero fue imposible. En Albacete me tomaron prisionero, por primera vez, para ser trasladado al penal de Chinchilla. De aquí escapé, con mucha fortuna, al ser confundido como un nacional más. Tras de dormir varios días en las alcantarillas y comer hierbas del campo me encerraron en la plaza de toros de Albacete con cientos de soldados republicanos.
      Ese año de 1939 retorné al pueblo. Eras las 2 horas de la madrugada cuando, tras llamar a la puerta de la casa de mi madre, comprobé sorprendido que llevaba luto: “¡Han fusilado a tu padre!”, me dijo llorando.
     Uno de los vecinos, apodado El Campano, se dedicaba a detener a toda la gente de izquierdas que íbamos volviendo al pueblo. Por eso, mi triste madre me dijo: “No saludes a nadie sin que te saluden a ti primero”. Al día siguiente, me cruce por la calle con la mujer de Agapo Vallanilla y empezó a insultarme: “¡rojo! ¡canalla!”
    Nos encerraron en el Convento de Franciscanos que habilitaron como cárcel. Aquí me encontré, muy deprimido, a mi amigo Leocadio Jiménez, El Fati, porque estaba amenazado de ser torturado públicamente, simulando una corrida de toros en la que él sería el astado. Cuando se tranquilizó, con una melena de pelo que le llegaba a la altura de los hombros, me contó que había pasado toda la guerra escondido en una cueva de La Puebla y que intentó suicidarse cortándose las venas con una cuchilla de afeitar.
    Todos los días nos sacaban a limpiar y recoger las basuras del pueblo. Una mañana Sebastián, El Corujo, me obligó a que le diera los buenos días. Después, otro vecino llamado Joaquín Mulero me tiró un palo y más adelante un grupo de más de cien personas se arremolinaron para pedir nuestra cabeza.
    En diciembre de 1940 nos trasladaron en camiones a la cárcel de Toledo. La despedida fue vergonzosa: mientras una multitud de vecinos nos insultaba a voces, mi madre se despidió de mí con una cariñosa mirada y lágrimas en los ojos. Nunca olvidaré la humillación que supuso para ella aquella triste escena.
    Fui juzgado en Toledo el 17 de junio de 1940, y condenado a 20 años de reclusión. Me acusaban de haber cometido un delito de auxilio a la rebelión y a partir de esta sentencia, sufrí todo tipo de penalidades y vejaciones por los presidios de media España.
    Cuando recobre la libertad provisional me enviaron a cumplir el servicio militar a un Batallón de Penados en África: durante 32 meses pasé tantos sufrimientos como en las cárceles.
     En septiembre de 1945 recuperé la libertad y volví al pueblo. Al día siguiente comencé a organizar el PCE y trabajar como jornalero del campo. Contacté con los gañanes de la finca Alcubillete y  los pescadores del río Tajo: a los tres meses habíamos formado un grupo de 30 camaradas antifascistas. Como imaginábamos no estar solo ante tanta represión franquista, pronto contactamos con el Comité  del PCE que estaba en Talavera: milité en este partido toda la vida.
    Por estas fechas fue el año en que Franco se desplazó para cazar en la finca Alcubillete, propiedad de la familia Calderón. Era costumbre que todos los jornaleros de la misma, y yo era uno de ellos, ojearan las perdices. ¡Nos permitían que fuéramos andando descalzos por la nieve! Los cazadores iban bien pertrechados con lujosos coches y buenas botas. Mi amigo Chato Hojalata me advirtió: “Justino, en la lista de ojeadores tienes anotada la palabra ¡rojo!”. Me apresuré corriendo a la oficina del mayordomo y comprobé que ¡éramos catorce! Todos los fichados nos marchamos a La Puebla. Al día siguiente, Cirilo Calderón tuvo un comportamiento muy correcto con nosotros cuando le revelamos que habíamos leído la famosa lista negra: “En mi casa mando yo, no el Caudillo, y si tengo un obrero trabajando en ella, es porque confío en él”, reprochando nuestra precipitada huída de la línea de puestos.
    En abril de 1947 me volvieron a detener por organizar el PCE en la forma antes expresada. Los interrogatorios practicados en el ayuntamiento por el alcalde, apodado El Manco, y cinco policías con varas, fueron muy crueles. Me preguntaron sobre la composición del organigrama de la célula de mi partido. Me exhibieron una hoja del Mundo Obrero en la que se hablaba de la huelga de jornaleros en Castrejón que, efectivamente, yo organicé un año antes: pero lo negué.
     Otra vez viajé a lo desconocido. Pero en esta ocasión, la despedida de los amigos que, agrupados en la plaza, me saludaron con su mirada fue diferente. Las sonrisas de ánimo y complicidad que reflejaban en sus rostros me animaron para continuar en la lucha por la libertad y la justicia.
    Pero esta, una vez más, no tuvo clemencia conmigo. Un Consejo de Guerra me trajo aparejada una pena de 20 años por el mismo delito antes citado. Después pasar por los penales de Ocaña, El Dueso, en el año 1950 me beneficié de un decretó que redimía mi pena por el trabajo realizado. En el año 1950 recuperé la libertad de manera condicional.
    No cometí delito de ningún tipo. Jamás me arrepentiré de nada y estoy muy orgulloso de seguir luchando por mis ideas.
     Mi último acto de solidaridad, in memorian, con mis paisanos caídos  honrosamente por la República, fue construirles una gran lápida en el cementerio. La primera negativa de las autoridades se produjo en 1979, cuando el partido centrista UCD ganó las elecciones locales. Igual oposición encontré con los socialistas en el año 1983 y con AP en 1987, a pesar de que no les solicitábamos dinero. El alcalde de esta última formación, Pedro García, me dijo: “¿Qué texto quieres poner en el monumento?”, a lo que yo le respondí: ¿Tú qué pondrías?, “¡Fallecidos!”, contestó. Quiero poner en letras mayúsculas "MUERTOS POR ESPAÑA Y POR LA LIBERTAD", le repliqué malhumorado. “¡Eso es meterse mucho en política!”, terminó diciendo el primer edil. Después, tuve que reconocer que éste político de derechas me cedió el suelo del cementerio.
    Hasta el año 1991 en que el socialista Juan Jósé García ganó los comicios municipales mis paisanos caídos no pudieron descansar, definitivamente, en  una zona acotada en el cementerio municipal. El PSOE y sus militantes pueblanos se negaron a colaborar económicamente: ignoraban que casi la totalidad de los fallecidos homenajeados pertenecieron hasta su muerte a dicho grupo político.
   

1 comentario:

  1. Justino dejó un libro escrito. Creo que su hija vive en Torrijos, por si le interesa y no lo tiene. Un saludo.

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